domingo, 25 de octubre de 2009

Tiempo sin ti

Quiero no gastar mi tiempo en inutilidades. Quiero una doble ventana a tus recuerdos.
Quiero opacidad entre tu existencia y la mía. Más. Aún más. (si existe)
Y que se me cierren los diccionarios, que se me escapen las palabras (las que van hacia ti, claro) y se pierdan al intentar regresar en el camino de cada mañana.
Quiero sentirme descansada. Quiero que no me pesen los recuerdos y menos el olvido, pero hasta eso me embarga dudas. Y tampoco las quiero.
Quiero que un día tu conciencia, además, te diga cuánto te has equivocado. No hará falta que vuelvas porque para entonces, (y habrá pasa demasiado tiempo, lo sé), yo estaré mejor. Mejor sin ti. Con tiempo para mí, para mis sonrisas, para mis felicidades.

sábado, 24 de octubre de 2009

Echar, o no echar de menos

No puedo echarte de menos sin quererte, pero lo que no puedo es permitirme tanto daño por la mera incapacidad que tuve y aún tengo de no dejarte en la calle del olvido. No he sabido, ni sé. Pero sabré. De eso estoy segura. Aunque no dure mucho tiempo, aunque podamos volver a encontrarnos dentro de seis años más, aunque el día de mañana el hombre de mi vida tenga un hermano que se llame como tu o aunque...mil cosas más.
Tampoco puedo echarte de menos sin pensar en todo lo que he pasado por ti. Seria mentirnos a los dos. Igual que no olvido la vida de tus ojos y el tacto de tus manos, no olvido tus palabras más frías y tu indiferencia a mi voz. Es algo que no podría explicar mejor que con una de mis miradas. Las típicas de decepción, de la pérdida del sabor que te produce saber que dispones de una amistad que vale mucho y te hace ser más feliz que de costumbre. Así me pasó contigo. Nos perdimos, y aunque no supiste verlo (ni lo verás nunca, lo sé) tú también pusiste mucha de tu parte en conseguirlo.
No puedo no echarte en falta sin pensar que tal vez me crucé en tu camino de la peor de las maneras, de MANERA EQUIVOCADA que es como se fastidian las cosas. Sí, he oído mil veces eso de que de los errores se aprenden, y algunas veces hasta es verdad y el darnos una buena bofetada contra cualquier obstáculo que no preveíamos, nos sienta bien. Pero que esa misma bofetada, además de pegártela la vida, te la pegue el chico que te gustaba a los trece años, es más que cualquier golpe físico en la piel. Es un golpe maestro. Es un arañazo en las carnes más vivas y las pieles más suaves. Es un desgarro en las cuerdas de nuestros cuerpos y una desazón con pena en cada nudo de nuestros huesos, que a veces nos impiden andar hacia el pasado por el simple hecho de no querer recordarlo (aún) más.
No puedo dejar que te eche de menos cuando por sí solo, el dolor se quiere posicionar con el intercambio de alegrías y afecto en una balanza oxidada. Yo nunca quise medir tu cariño, o tus buenas acciones, o tus palabras, y mucho menos, (muchísimo menos), el daño recibido por ti. Pero no he sabido hacerlo de otra manera, no he sabido espantar ni mis miedos, ni mis pensamientos más realistas, ni esta triste desnudez puesta exclusivamente ante tus ojos.
No puedo echarte de menos de momento, pero tampoco puedo arrepentirme de querer conseguirlo. Porque sé que me daría vida hacerlo.
Y no lo siento. Porque ya, serían demasiadas cosas por sentir.

viernes, 23 de octubre de 2009

Dejarlas marchar


Me molesta repetirme, sobre todo si es la frase mágica de "Estoy cansada de tener palabras para ti". Aburriría hasta a un niño de decirle siempre los mismos sustantivos y los mismos verbos.

Podría, o más bien, debería quedarme sin ellas. Y en vistas de que no se me da bien coser, viviré con la boca abierta, para dejarlas marchar. A ellas. A tus palabras, porque yo no las quiero, porque no quiero que sean mías.

Ya no.

jueves, 22 de octubre de 2009

Discernir

Ella pensaba que en alguna ocasión había hecho el amor en un hotel de estación barato, y que en otras, lo había hecho en mitad de un descampado atestiguada por perros de raza desconocida. Entre tanto, iba viviendo. Descubrió que eran amores-amantes o lo que es peor, en esas otras ocasiones, pequeños hierros a los que aferrarse ardientemente, sin contar cuántos pasos podría dar más al mismo compás y ritmo que esa otra persona que sí se estaba enamorando de ella.
Después de un tiempo, dejó de contar los te quieros, los nos volveremos a ver pronto, los te necesito y los te amo. Mucha palabrarería para tan poco sentido, en esas ocasiones. En otras, dejó el alma, el pecho, la garganta, los brazos, los bolsillos, la vergüenza, el miedo y apostó mucho. En varias ocasiones creyó aquello, para que, luego, fuera consciente que nunca hizo el amor en esos lares, simplemente folló.
Folló en una cama de dos metros en una habitación con goteras y un aire acondicionado algo estropeado. Folló, también, en un coche de diez años de antigüedad, que había cogido prestado su acompañante. O quizá ella hizo el amor unas veces y en otras se lo hicieron a ella. Pero ya no quiere saberlo. No le interesa hablar de amores pasados como aquellos, si es que puede catalogarlos así, y ahora.
Después de tantas cicatrices, tiritas de parafarmarcia y betadine de farmacias de guardia (caras, por cierto), después de las heridas del (des)amor; se encarga de abrir los ojos para ser quien siempre quería ser. Para no depender. Para ser todo lo feliz que puede ser sin ataduras, sin te quieros, pero también sin líos en la cabeza, sin arrepentimientos, sin meteduras de pata, sin historias para salir del paso, sin desgarros al cuarto contacto. Sin mentiras, al fin y al cabo. Porque eso es lo que a ella le gusta, vivir sin mentiras, vivir sin pensar si eso que esa boca le estará diciendo, pesa más en la balanza de la certeza, o no.
Le hubiera gustado tener así de abiertos los ojos hace ya varios años, pero no supo, o lo que es peor, no quiso. De todas formas, no cree que esos errores sean tan grandes, sobre todo si a partir de esos errores descubre que sentirse amada, una vez al año, no está tan mal.

lunes, 19 de octubre de 2009

Penurias

Nunca me dijiste que me echabas de menos (tal vez porque así era), tampoco me has repondido nunca a la pregunta estrella de por qué no te despediste de mí cuando tenía catorce años y me trasladé de ciudad. Tampoco me has aclarado al cien por cien por qué te parezco (o a estas alturas, parecía)especial, lo único que oí de tus labios era algo así como: "Eres especial porque eres la única chica que me habla a pesar de que los dos estemos enfadados". En realidad, creo que eso no es ser especial, es ser gilipoyas, o inferior, o mil cosas que son mucho peor que todo eso. Un remix de penurias. Qué se yo.

Sólo sé que bajé muchos escalones para estar bajo tus pies, al fin y al cabo, y para que tú me tuvieras en tus manos, meciéndome, realizando un vaivén en el que a cada segundo, me sentía más dolida.


Sólo en algunas ocasiones me he sentido bien contigo, como aquella vez en que me escribiste que despues de saber lo que era verme, no aguantarías mucho tiempo sin hacerlo. OJALÁ HUBIERA SIDO CIERTO, OJALÁ NO TE HUBIERA CREIDO.


En fin, sólo sé que después de un día duro de trabajo en el que el destino ha querido que tuviera que escribir tu nombre, la fecha de tu nacimiento y tu apellido por triplicado en diversos papeles de matriculaciones a exámenes diversos, es imposible que no me acuerde ni de ti, ni del daño que me has hecho. Es imposible que tu nombre pase inadvertido para mí, y eso que un día pensé que no era demasiado corriente. Pero el tiempo me la está jugando bien. Cada vez apareces más, y ya no sé que hacer para borrate, quizá haciendo desaparecer todas estas letras que no hacen más que trasladarme al subsuelo, al mar, a aquel sitio en el que ni siquiera me divisas, porque tú te quedas arriba, con todo el oxígeno (el tuyo y el mío) y yo me rebajo, más, más y más. Y tampoco te planteas (por remota que parezca la idea) salvarme, venir hacia mí y decirme que no vuelva a ser tan estúpida, que no me volverás a dañar tanto, que reconocerás lo que pueda suceder de ahora en adelante. Pero no.


Al final yo me quedo con el mar, con menos oxígeno del necesario y con pinzas blancas estrechando, cada vez más, las arterias que hasta mi corazón van. Tú, tú te quedas con...¿qué se yo? Te quedas con la ciudad que en su tiempo fue nuestra, de los dos. Ahora sólo te pertenece a ti. Allí quedó el respiro de mi infancia y las últimas huellas, las últimas risas de mi adolescencia. Ahora tú te quedas con eso y también con una pareja que puede llegar a hacerte feliz, no sé. Eso es lo que tú querías, ¿no? Tu le querías a ella, y tal vez algo más. Supongo que a mí también me querías, pero sólo para hacerte sentir bien, especial, como todos. Pero he llegado a un punto en el que si doy todo de mi para hacer sentir especial a gente como tú que no devuelve nada, que no da siquiera la moneda del valor mínimo, a cambio, yo me quedo vacía, y no puede ser. Ya te dije una tarde, hace muchos muchos meses, que todo no se podía tener. Y ahora he descubierto que yo no estoy en ese saquito de cosas de las cuales dispones y forman parte de tu vida. Yo sé donde estoy, lo sé. Me he quedado a fuera, dando pequeños saltitos en la periferia de tus caminos.


No puede ser que la apatía se adueñe de mi vida sólo porque dejo que tú infrinjas en mi corazón como dejé que hicieras (sin darte cuenta). No puedo intentar conservar el calor y el cariño que por ti empezó a nacer en este cuarto, en estos brazos y en estos ojos.

Mi manos están algo frías (será cosa del tiempo, de la amenaza del otoño), y mi corazón, un poco, también. Creo que ya no le abro las puertas como antes, creo que se ha autocomprado, con el dinero que me roba por las noches; cerrojos que ni siquiera yo sé abrir.


Tú nunca me quisiste, tampoco me apreciaste lo suficiente como para ser menos idiota.

Yo te quise hasta con las dos de mis pupilas y la sonrisa de mis labios.

Pero ya no queda nada.


domingo, 18 de octubre de 2009

Mi punto débil

Mis puntos débiles se resumen en la tercera sesión de cine de un sábado otoñal, que ya pinta de noche, que ya la luna se anticipa, que ya los abrigos abrigan cuerpos fríos. En ese punto débil (re)caigo y te escribo. Sólo me basta un mensaje de más de 160 caracteres que no quiero abreviar para que tú lo leas con total claridad, y sientas querer contestarme. Pero no. No miro durante cientoveinte minutos la pantalla de mi teléfono, pero sí después, con la asquerosa esperanza de que tú me contestes con tus típicas frases, con tus típicas contestaciones, vamos. Pero no.

Entonces ahí es cuando me digo que no volveré a escribirte. Que ya no me hará falta que te acuerdes de mí una vez al mes. Que no sé por qué (te) escribo esto y por qué aún me visitan las dudas de si enviartelo, o de no hacértelo llegar nunca.

Harta estoy de mis puntos débiles y de dar más de lo que debiera dar. De escribir más de lo que cualquiera que me conozca un mínimo me aconsejara. Pero si no me entiendo en esos puntos débiles, cómo entenderme mientras escribo esto.

Te dejo, a modo de resumen, la imagen que ven MIS OJOS antes de dormir, en días de lluvias. En domingos más o menos tristes.

¿Te acuerdas?

¿Te acuerdas de la primera vez que escuchamos nuestras voces por teléfono? Era una nochevieja, hace mucho, hace bastantes años. Me acuerdo que una de las primeras cosas que te dije fue: "¡Si tienes voz de hombre!" Exclamada. Sorprendida. Como si no hubiera pasado el tiempo, pero había pasado.

¿Te acuerdas de aquel mensaje de texto que me enviaste cuando yo te dije que estaba en un recinto de un concierto de Chenoa hace seis años? Me contestaste y me acuerdo casi perfectamente de todo lo que en él me pusiste (fíjate hasta que punto fuiste importante para mí, después de varios meses de distanciamiento y ausencias mutuas).

¿Te acuerdas de la vez en que te dije (hace apenas unos meses) que cuando teníamos trece años llevábamos las mismas deportivas? Tú para jugar a fútbol, chutar y meter goles. Yo para jugar al baloncesto, saltar y correr. Me acuerdo de esas zapatillas a la perfección. Y las conservo, porque a mi madre aún le valen y cada vez que se las ponen viene a mi mente de manera directa y sin entretenimiento alguno, la cara de aquel chico moreno y guapo. Tú. Supongo que tardaré en no recordarte cuando vea esas zapatillas.

¿Te acuerdas de la despedida en la estación el uno de noviembre del año pasado? Yo sí. Me acuerdo casi segundo a segundo. Me pareció vivir un corto. Un corto donde no hacía falta hablar ni explicar nada para saber que mi estómago estaba únicamente compuesto de nervios, de ganas, del deseo de abrazarte y no soltarte.

¿Te acuerdas del momento en que en aquella clase giré el cuello, me volví hacia tu mirada, y te dije que me mudaba de ciudad? Lo pienso y creo que en ningún momento aquello te asustó.

¿Te acuerdas que siempre tuve tiempo para ti, por ti?

Después de todo, supongo que no. Supongo que no te acuerdas de nada de esto porque para ti nunca fue más que parte de la normalidad de dos vidas, normales, también. Pero para mi tú nunca fuiste normal. Y creo que yo tampoco debo ser demasiado normal cuando, aún después de tres meses sin sabernos, sigo escribiendo(te).

Quiero encontrar inspiración en otro ser, y tú no me dejas.