lunes, 21 de marzo de 2011

Bienvenida, primavera.

Que la primavera me sonroja la cara y ventila de par en par las algunas de las penas de mi corazón. Que me inspira alegría y el deseo de encontrarme con el sol, de salir ahí afuera y darme de bruces con sus rayos, ésos que pintan de café con leche mi piel. Que la primavera es multicolor en sí misma, y pinta de colores pasteles y marinos nuestras voces, nuestros cuerpos. No solemos tener demasiado tiempo como para contemplar una flor en su máximo esplendor, en su punto de belleza más álgido. No apreciamos la belleza de las cosas con las que no podemos comunicarnos, pero recibimos mucho de ellas: aromas, sensaciones, luz y sonrisas. Pues dudo mucho que alguien no sonría cuando le regalen una flor, le inviten a un té o le abran la ventana a la vida. Esas cosas no nos traducen ninguna palabra, no nos afectan lingüísticamente, pero sólo eso. No hay contactos verbales, pero nos llegan al corazón. Que la primavera es bella, y transmite su esencia a las gentes. Y yo me dejo llevar por el sol y el viento ligero que me da en la cara. Y me dejo llevar si alguien me busca la mirada, como si quisiera sumergirse en esta estación a través de mis ojos. Y me dejo llevar por las personas buenas, las que sin proponérselo un solo instante, te hacen sentir bien. Y les resulta fácil. Que la primavera dura prácticamente lo mismo que el resto de las estaciones, pero que me encantaría que se prolongara en el tiempo, imponiéndonos esos colores alegres y vivos en nuestras retinas, como si no fueran a apagarse nunca, como si ni siquiera nosotros tuviéramos el poder de volver los días grises por los saldos de nuestra tristeza. Que la primavera ha llegado, que la estaba esperando, y que ojala se haga notar todos y cada uno de sus días.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Hasta pronto.

Ésta es la entrada nº 376 del blog, y aún me acuerdo del momento en que lo abrí, de todas las razones que me llevaron a hacerlo, y de cómo hice de él un rinconcito donde guardar muchos sentimientos, sensaciones, momentos especiales e impresiones, decepciones, ilusiones y sueños varios. Los guardé, los mimé, y los expuse ante miles y millones de ojos ajenos, ¿por qué? Porque ya de por sí mi cara refleja lo que me hace sentir pequeña, porque ya de por sí y desde siempre, he sido muy transparente, y porque el que me conozca un poco, sabe si me lloran los ojos por algo que me corta la respiración, o si no puedo dejar de reír porque a veces la vida me merece mucho la pena.
Pero ahora, a estas alturas del blog, y sin tener el firme convencimiento de querer despedirme de él porque no es el momento, sí estoy decidida a dejarlo en estado de espera durante un tiempo...el justo, el necesario para verme con las fuerzas suficientes de pintar mis palabras con el optimismo más puro y de adornar cada esquina de esta, mi segunda casa, con colores más vivos. Pero ahora mismo, después de todo este año tan lleno de recordatorios, tan completo de sensaciones nuevas, de sentimientos inesperados, de desilusiones, de cientos de minutos de incomprensión, de sorpresas, de caídas y subidas, de retornos y viajes, de regalos en forma de miradas y risas... me marcho durante un tiempo de este pequeñito, pero hermoso lar.
Creo que lo que más necesito es iniciar un año nuevo como Dios manda, y sin recordar cada día que soy la misma chica sensible de siempre que no dejará de recordar siempre que todo lo que aquí ha volcado, la acompañara siempre, de alguna manera, u otra.
Es hora de levantar el brazo y extender los dedos para despedirme de partes de mi vida que, últimamente, no me han hecho demasiado bien. Evidentemente, no hay excusas que valgan, nunca he sido de buscar excusas inútiles. Todo se reduce a sensaciones, las más prematuras, las que me llevan a hacer lo que decido desde un primer momento, las que me guian el camino que debo, o al menos, quiero seguir. Y sí, despedirse de ciertas personas (dos) duele, pero a veces sólo hace falta esperar a esos efectos secundarios que nos calmarán, y nos harán ver todo de otro color, o al menos, más claro. Y en realidad, no me encuentro en un momento clave en el que hacer o no hacer cosas radicales, sólo que me parece que nunca está de más hacer las cosas bien, poco a poco... Ser valiente y tener energía es un buen punto de partida. Creer en mí y pensar que me merezco la comprensión y el cariño que reparto en grandes dosis, debe convertirse en uno de los principios vitales que, de ponerlos en práctica, me facilitaría mucho las cosas. Y, como todo en la vida, lector@s, es cuestión de práctica. Pura práctica.
Así que, sin más, sólo me queda deciros que paséis una muy feliz salida y entrada de año. Disfrutadlo con esas personitas que de solo verlas, os hacen sonreír (es el mejor secreto).
Recibid un abrazo fuerte y un beso avainillado de mi parte, acompañado de mis mejores deseos.
Volveré por aquí cuando sea el momento. Os lo prometo, y me lo prometo.
Hasta pronto.

domingo, 26 de diciembre de 2010

La llamada que no haré.

Me hubiera gustado que todo esto hubiera sido algo distinto. De ningún modo te hubiera pedido más que lo mínimo. Pero sólo puedo hacer un resumen de todo esto, y es que sin quererlo (o no), te has hecho especialista en esto de hacerme daño, y te has dedicado tanto a todas tus cosas excluyéndome a mí, que más que triste o enfadada, me encuentro decepcionada contigo, y por qué no decirlo, también conmigo. Pero sólo por todo el tiempo que he malgastado pensando que acabarías abriendo los ojos y presentándote de alguna forma ante mí. Estas ibas a ser las terceras navidades en que te felicitaría el año nuevo vía telefónica, pero me temo que no te llamaré. No debo hacerlo, y por esta misma razón, tampoco debo ir en contra de lo correcto porque de ser así, de marcar tu número y tentar a la suerte de si me lo coges o no... en cualquier caso acabaría perdiendo yo. Tu voz ya no me calma ni me transmite el cariño que antes sí. Has echado a volar con unas alas que yo jamás podría llegar a tener. Y sobre todo, y por si un día te encuentras con esto, no olvides que no te llamo porque tú no lo necesitas, y no voy a imponerte mis palabras en directo sólo porque yo te quise más de la cuenta. Y sí, este es el resumen de todo, a no ser que un día a ti te de por cambiarlo todo de nuevo.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Eternamente agradecida.

Que la vida es un caos, todo lo sabemos. Es injusto ver a un chico joven ganándose la vida tocando un violín gastado a las siete de la tarde en la puerta de Mercadona cuando ya hace frío y la gente que pasa a su lado vive una crisis de la que le cuesta salir, si no es con horas extra no remuneradas cargadas a la espalda y lágrimas vertidas cada noche sobre la almohada que ya tiene diez años. Que la vida es sorprendente, a veces, también lo sabemos. Que en navidad los niños siguen sonriendo y tú te sigues preguntando qué año fue en el que te enteraste que todo era una farsa y que las galletas Tostarica que ponías con sumo cuidado en el plato sobre la mesa de cristal no desaparecían por obra de los reyes magos, sino por la ilusión de tu madre, que se las comía pese a no tener ninguna gana. Que la vida es una larga y continua operación aritmética, en la que a veces se suman más decepciones que ilusiones, y al final temes que el total de negativo. Que te cuentan cuentos y prefieres no creer en los milagros, por lo que no pueda pasar. Que te inventas un color nuevo para ponerle a los días y sentirte mejor. Que le das tu primer y último beso a tu madre, la única persona a la que le estarías eternamente agradeciendo la vida. Sí, la vida, pese a todas las putadas que nos hace a todos, pese a todos los sueños que se caen al suelo, y pese a todo la pena que a veces reflejan nuestros ojos y pese a todo el dolor que almacenamos en un rincón del corazón. Eternamente agradecidos

domingo, 28 de noviembre de 2010

La velocidad de las estaciones o que tú ya no estás (para mí)

Estamos a punto de estrenar diciembre, y parece que fue ayer cuando nos moríamos de calor, cuando te pedía que encendieras el aire acondicionado de tu salón, para equilibrar la temperatura ambiente y nuestra temperatura corporal. Está la navidad acechándonos detrás de esa calle y yo todavía no he olvidado esos días preciosos de verano, con las sonrisas y las lágrimas, con todo, pero fueron preciosos. Y tú ya no puedes recordar nada, es como si alguien hubiera entrado en tu memoria y se hubiera llevado todo en una maleta vieja de doble cerrojo. Y yo no sé cómo cambiarlo, ni siquiera sé si tendría las fuerzas suficientes para hacerlo. Para eso, deberías haber aparecido tú, deberías haber sido realmente sincero, deberías haberme pedido perdón en tres idiomas distintos y haberme dicho que pese a que nada empezó, lo repitirías mil veces, y te quedarías con mi primera y última sonrisa para el resto de tus días.

Estamos a punto de estrenar diciembre, y tu ausencia me daña en todos los rincones de mi cuerpo, no por el hecho de no poder verte, o no poder rozar tu brazo, o no poder colarme en el color de tus ojos con tan solo alzar un poco más los míos... no. Lo que de verdad me duele es que hayas hecho todo lo que no tenías que hacer, que hayas dejado correr todas mis palabras por todas las rendijas habidas y por haber, y lo peor de todo, que no eres consciente de la capacidad, del poder que tú has tenido conmigo para conseguir que todo fuera bonito, o feo. Pero se está haciendo tarde, y yo ya he perdido la cuenta de las veces que he intentado acercarme a ti con palabras que te incitaran a decir algo, cualquier cosa, pero contigo siento que soy lo que nunca he sido, que por ti hago cosas que por nadie haría, que no quiero volver a vivir lo mismo otra vez y contigo, que me niego a dejarte en las palmas de tus manos parte de mi dignidad. No puedo ser alguien imprescindible para ti, pero tampoco puedo ser un juguete, y si un día lees esto, entiende que se me hayan agotado las pilas, y las lágrimas.

domingo, 21 de noviembre de 2010

¿Por qué?

¿Por qué tengo que quererte de este modo?¿Por qué tengo que aferrarme a lo que no debo?
¿Por qué me repito tus últimas palabras como si de una oración eterna se tratase? ¿Por qué tengo que pensar que todo se ha empañado de tristeza por tu culpa? ¿Por qué he tenido que ser yo quien pagara todo el sufrimiento que las demás dejaron en el centro de tu corazón? ¿Por qué conmigo? y... ¿Por qué tengo que obligarme a mirar hacia otro lado para evitar pensar que quizá me equivoqué contigo?

sábado, 20 de noviembre de 2010

Pensar un poco en mí.

Hay días que te hacen dudar de (absolutamente) todo, y cuando eres realmente consciente de ello, ves que no te importa demasiado, que si las cosas suceden, igual es por algo, por algo que se escapa de tus manos, por algo que tú no controlas, por algo que no ocurre por tu culpa, sino por el resto, que prefieren que así sean las cosas. Y entonces empiezas a no comprenderlo, pero después todo cambia y descubres que te da igual comprenderlo o no. Hay ciertas cosas que no están hechas para ser comprendidas, pero lo mejor, lo mejor de todo, es cuando ese cúmulo de cosas no te afectan, o no te ponen triste, o no te sacan una lágrima de las que antes sí derrochabas por creer que tú podías cambiar el mundo, o actitudes que sabías que no estaban bien, o palabras que sabías que nadie debía pronunciar. Pero supongo que cuando alguien es capaz de abrir bien los ojos, puede contemplar lo que antes no se paraba a ver: que pensar en sí mismo durante unos minutos, no está nada mal. Que salir a respirar sin demasiados kilos en la espalda, te vuelve más ligera, y te serena la vida. Que esperar menos y vivir más, es la mejor consigna de todas. Que hacer reír y tomarse un café cremoso a las cuatro y media de la tarde es el mejor regalo de un día cualquiera. Que si uso tiritas es porque no existe otra manera de curar las heridas superficiales (no me gusta no poder sentir nada cuando toco una superficie, otra piel, cualquier objeto frío). Y que si desde hoy empiezo a cuidarme el corazón, es posible que no me haga falta salvavidas nunca más.