Anoche me quedé leyendo cartas que hacía tiempo que no veían la luz ni respiraban el mismo aire que respiramos tú y yo entre estas paredes que hasta parecían nuestras, de los dos. Anoche leía cada frase y no me parecía tan lejano, o quizá sí. Tal vez quería creerme que tú sigues teniendo algo de aquel chico que era la mitad de mi vida, o que yo siempre estaré clavada en alguna parte de tu cuerpo, con derecho a no poder soltarme nunca. Igual sólo pensé en quedarme fija en una milésima parte de tu retina, para que tu cerebro me dibuje perfectamente y así, no darte a ti, entonces, el derecho para borrarme/olvidarme y hacerme marchar.
Anoche escribí palabras para ti, o quizá para los dos, o tal vez sólo por mí. Esta mañana quise buscarlas, y no sé dónde están. Puede que las dejara en algún rincón de la habitación. Mis ojos ya estaban medio cerrados y la luz estaba apagada. La luz de la luna no iluminaba apenas el interior de mi cuarto y creo que si las he perdido, he perdido parte de las verdades que quería dejarte a modo de escaparate navideño.
De todas formas, voy a seguir teniendo palabras para ti.
No sé por qué me formé la estúpida idea de que por mucho daño que se puedan hacer dos personas, cuando ha sido el primero, cuando ha estado en tu vida al pie del cañón durante tantos años (y el punto de partida comenzó antes de aquel octubre para mí), es más que imposible borrarle para siempre, y al final, acabas necesitando algo de él. Lo que sea, un recuerdo, unas palabras, una hoja algo amarilla o una fotografía, un segundo o un instante que parezca fijo, eterno, y memorable para los dos. Pero ya nunca lo sabré.
Nunca sabré qué ocurre dentro de tu ser cuando nos ves a los dos, bien felices, en esas fotografías modernas, llenas de color, con nuestras ropas vaqueras y nuestras sonrisas a juego. Combinábamos bien.
Todo el mundo lo sabía ý tú y yo nos sentíamos perfectamente con lo que teníamos, con lo que nos dábamos, con todo el amor que fuimos capaces de hacer nacer.
Y creo que gracias a ti nació otra Laura. Una Laura que dejó de escribir sobre tristeza en las poesías para escribir sobre el amor, la ilusión, la esperanza y el futuro.
Porque tú eras mi presente, y también mi futuro.
Porque hubo un tiempo, bastante amplio, he de decirlo; que creí que serías mi futuro durante gran parte del resto de mis días. Y a pesar de las edades, de la inocencia y la juventud temblando ante noches llenas de besos y viento, yo te quería con todo. Con absolutamente todo.
Y tú también.
Asumíamos nuestros errores. Tú los tuyos y los míos. Yo, igual. Y no hay mejor manera de amarse que ésa. La de comprender sin necesidad de forzar un entendimiento a base de palabras que acaban gastándose de lo mucho que se respiten. Que acaban despojándose del significado puro.
Y es que tú y yo significábamos mucho.
Eso decía mi corazón y los ojos de la gente que nos contempló amándonos.
Lo sé, lo supe. Y (creo), lo sabré siempre.


